Todo era azul.
Muy azul.
El cielo,
la nieve,
los ojos,
la sonrisa.
Todo era azul.
Los días azules.
Las noches azules.
Las palabras azules.
No. Mis palabras no eran azules. Me hubiera gustado que lo fuesen, pero se tiñeron de gris. Gris de ese del que están llenas las ciudades, la gente, incluso el viento. Ese gris imborrable cual pluma negándose a detener su caminar por el blanco papel y a callar sus verdades.
Me hubiera gustado que todo fuera azul. Creía ser azul. Pero, amor, siempre fui de las que acaba demasiado pronto todos los tonos azules en la caja de "Plastidecores".
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