Quise por un momento abandonar este mundo. Dejar rutinas y normas a un lado, y dar un paso al frente.
Quise sentir que mi piel entraba en contacto con otra vida totalmente opuesta, y sentir como huele lo desconocido.
Hice caso omiso a las voces. Me limité a seguir las señales, a no pararme en el camino.
Conseguí agarrarme a su mano y coger impulso.
Olvidé que se siente cuando te duele el alma, cuando la impotencia te invade, y el sabor salado de las lágrimas. Olvidé lo que era que el frío te calase los huesos, y lo que traían consigo los días tristes.
Allí el peor sentimiento era el de un escalofrío circulando de un extremo a otro de mi cuerpo.
Estaba inmersa en un océano de caricias colaterales y corría el riesgo de engancharme, de convertirme en yonki de todo lo que me rodeaba.
Todo aquello conseguía darme paz interior en grandes dosis.
Fue inevitable sentir que ese podría ser mi futuro, o que en realidad ese era el futuro que siempre había querido vivir. Tal vez para el resto del mundo no significase nada, pero para mi era mas que demasiado.
Significa ser libre mientras las personas viven encadenadas a sus propios miedos.
Creo que esa mañana no hubiese importado que las nubes tapasen el cielo, pero nunca había sentido un sol de febrero tan caliente como aquel, y ayudó a que hiciese de aquellas vistas algo inédito.
Y me sentí feliz, me sentí viva.
Cada día permanece frente a nosotros la gran oportunidad de vivir nuestra propia vida.
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